“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, pues ellos serán saciados” (Mateo 5:6)

Bogotá, 18 de septiembre de 2020.
Resulta poco común, quizá impensable que, quien se ha formado académica y permanentemente para la defensa de los derechos e interés de otras personas, dedicando su vida profesional a ello, se visualice a sí mismo como “víctima”. En Venezuela, sin embargo, la confusión de roles crece cada día, en la medida que, la dictadura no sólo viola sistemática y flagrantemente los derechos de los ciudadanos, sino que, en el mismo contexto, acosa, limita, encarcela y persigue a quienes ejercen la defensa de aquellos.
Ser perseguido y forzado a abandonar tu patria, casa, familia, amigos, universidad, oficina, trabajo y logros; ser privado de tus olores, colores, sonidos, costumbres y afectos, en fin, tu vida; convertirte en inmigrante, refugiado o asilado; ver minimizados atributos de tu personalidad, como la profesión y la ciudadanía; definitivamente, constituye un cruel atentado contra la integridad física y emocional, una grave afectación a la dignidad, que quieras o no, denota con crudeza la caracterización de víctima.
Pero esa misma dignidad nos recuerda que, a pesar de los agravios, no hemos negociado nuestros principios, que debemos “empoderarnos” en la conciencia de que seguimos vivos y mantenemos nuestras capacidades, que nuestro trabajo, esfuerzo y sacrificios, valen y valdrán la pena, porque continuamos dando la cara y luchando para que cesen y se castiguen los crímenes y violaciones. Así lo demuestra el reciente informe de la Misión Independiente de Determinación de Hechos de la ONU sobre Venezuela, en el que, la participación de organizaciones defensoras de Derechos Humanos y de las propias víctimas jugó un preponderante papel en el esclarecimiento de la verdad y en la producción de este debelador instrumento que bien podríamos titular (tristemente) como “La Biografía de la Dictadura Criminal Venezolana”.
Fernando Albán, Acosta Arévalo, Franklin Brito, Oscar Pérez, Basil, Geraldine, Pernalete, Neomar, Vallenilla, y decenas de otros jóvenes, son fatales víctimas que ya no pueden protestar. Por ellos, debemos seguir alzando nuestras voces, y también por otros tantos, que hoy continúan presos, perseguidos o en el exilio. Que cada trasgresión sea un motivo, que cada sobreviviente levante la voz y exija justicia. Lamentablemente, hoy día, cada venezolano es una víctima, y por esa misma razón, nos toca también, identificarnos todos como activistas y defensores, documentando, denunciando, difundiendo, superando el miedo que paraliza. La rebelión contra la opresión es un derecho. Si se cometen crímenes de lesa humanidad, la humanidad es la víctima y todos estamos llamados a reaccionar y a obrar en justicia.
Viva Venezuela libre!
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